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 Kilian Jornet logra la cima del Everest en una semana. En su intento anterior realizo 26 horas. Para este ascenso, salió el sábado del campo base avanzado e hizo cumbre en 17 horas en un día con mucho viento.
Ensu blog Summits of my life, publicaba que lo había logrado. Empezó en el monasterio de Rombuk, a 5.100 metros, y tampoco batió el récord de la ascensión, las 16 horas y 42 minutos que empleó el austríaco Christian Stangl en 2006, pero tampoco importó. Con su inesperada segunda ascensión, otra vez sin oxígeno embotellado, ni sherpas, ni la ayuda de cuerdas fijas, ya había confirmado la reivindicación: la montaña no se conquista, se vive. “Intento ser coherente con lo hago, honesto conmigo mismo. Me gusta estar desnudo ante la montaña y no cumplir retos gracias a mis medios. Si necesitas un equipo de 50 personas, oxígeno… para alcanzar un reto es que tú mismo no puedes hacerlo. En ese caso, no eres tú el que lo consigue, son los medios”, explicaba Jornet el año pasado en una entrevista al suplemento ZEN de EL MUNDO y reflejaba así su filosofía, la filosofía que desde pequeño le enseñaron sus padres. 
 Eduard, responsable del refugio de montaña de Cap del Rec, a 2.000 metros, cerca de Andorra, y Núria Burgada, maestra del colegio Ridolaina, en el cercano pueblo de Montellá del Cadí, le inculcaron que “la montaña hay que respetarla, apreciarla y, sobre todo, disfrutarla”. 
Lejos de la fiebre de los retos, que convierten una cima en otro visto bueno en la lista de cosas a hacer antes de morir, Jornet siempre ha planteado sus ascensiones con pasión: “Cuando no pueda correr, caminaré por la montaña y, cuando no pueda caminar, me sentaré a observarla”.

La misma idea con la que subía con sus padres al Aneto, de 3.400 metros de altitud, con sólo cinco años. La misma que tenía cuando descubrió la competición ya siendo adolescente en el Centro de Tecnificación de esquí de montaña de Puigcerdà. La misma que le llevó a vivir largas temporadas en un furgoneta a los pies del Mont Blanc, en los Alpes. 

La misma idea que le obligó recientemente a alejarse aún más del ruido e irse a vivir al valle del Romsdalen, en Noruega, donde con su sencillez sigue marcando otro alpinismo posible.
  Con información de http://www.elmundo.es
 

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